¿No estamos en el mismo bote, pero enfrentamos el mismo ciclón?

La desigualdad define quién sobrevive la tormenta y quién se queda sin remo, advierte Francisco Rodríguez Castro.

el mismo ciclón

Si trazamos una línea imaginaria desde Manatí hasta Juana Díaz, descubrimos dos Puerto Rico distintos. En la foto la plaza de recreo de Juana Díaz. (Isabel Ferré Sadurní)

A menudo escuchamos la frase “todos estamos en el mismo bote”, como si las crisis nos afectaran por igual. Pero la realidad es muy distinta: no estamos en el mismo bote, aunque sí enfrentamos la misma tormenta.

Algunos la navegan en yates, con recursos y protección; otros, en veleros con velas rotas y timones inestables; la mayoría, en kayaks, remando contracorriente. Y muchos, lamentablemente, se están ahogando, sin ayuda ni esperanza. Esa es la realidad que vive hoy Puerto Rico.

Si trazamos una línea imaginaria desde Manatí hasta Juana Díaz, descubrimos dos Puerto Rico distintos. Al oeste de esa línea, los municipios enfrentan pobreza persistente, alto desempleo y pocas oportunidades de trabajo. El ingreso promedio del hogar allí es de apenas $22,419, lo que representa un 28.14 % por debajo del nivel de pobreza federal de $31,200. Es una región donde la lucha diaria por sobrevivir sustituye la esperanza de progreso.

Al este de esa línea, la historia cambia: el ingreso medio del hogar alcanza $32,949, y en el área metropolitana de San Juan–Guaynabo llega a $43,479. Aun así, sigue siendo un nivel modesto, apenas por encima del umbral de pobreza, pero muestra la enorme brecha entre regiones. Este abismo económico explica por qué las prioridades y preocupaciones de los votantes difieren tanto a lo largo del país y por qué el discurso político muchas veces no logra conectar con quienes más lo necesitan.

Estas disparidades son más que números: son la manifestación de una profunda desigualdad estructural. Durante décadas, Puerto Rico ha padecido crisis fiscales, huracanes, terremotos, una pandemia y, más recientemente, una inflación persistente que erosiona el poder adquisitivo. Cada nueva tormenta golpea con más fuerza a quienes menos tienen.

El problema, sin embargo, va más allá de la coyuntura. La raíz está en la falta de libertad económica y en un modelo que limita la inversión productiva, asfixia la iniciativa privada con burocracia y concentra las oportunidades en pocas manos.

Puerto Rico necesita liberar su potencial con políticas que incentiven la creación de empleo, promuevan la educación técnica, reduzcan la dependencia y fomenten la productividad.

En momentos como estos, la empatía y la solidaridad deben convertirse en brújulas colectivas. La bondad y la compasión no son gestos menores, sino actos de liderazgo. Cuando ayudamos al que se ahoga, compartimos nuestras herramientas o levantamos al que cayó, estamos construyendo la base moral y económica de un país más justo.

Tenemos la capacidad de resistir la tormenta, pero solo si entendemos que no basta con salvar nuestros propios botes. Debemos crear condiciones donde todos puedan navegar con seguridad, donde la resiliencia no sea privilegio sino derecho, y donde el progreso se mida por la dignidad compartida.

Porque, al final, el éxito no consiste en llegar a puerto primero, sino en que todos lleguemos.

La tormenta pasará, y cuando el cielo se despeje, recordemos que, a cada tormenta, eventualmente, se le acaba la lluvia.

Este artículo de opinión fue publicado originalmente en El Nuevo Día.

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