20 de septiembre, 202210:07 AM

Éxodo de profesionales: un diálogo realista

Mucha tinta ha corrido durante estos meses acerca de la crisis que se cierne sobre Puerto Rico con el éxodo de médicos y otro personal sanitario que, animados por los buenos salarios que se pagan en Estados Unidos, y hartos de soportar los desmanes de las aseguradoras, deciden poner mar de por medio.

Se dice que en la actualidad solo hay tres neurocirujanos para atender a un enorme sector de la población que está en riesgo de sufrir, o convalece ya, de accidentes cerebrovasculares. Por otro lado, ignoro con cuántos especialistas cuenta la Isla para atender la cantidad de cabezas rotas o tiroteadas que se acumulan semanalmente.

La primera pregunta es la siguiente: ¿por qué se va toda esa gente? Y, para empezar, no hay una respuesta más sencilla que esta: se van porque pueden, escribe Mayra Montero. (Shutterstock)

Supongo que lo mismo ocurrirá con los servicios de ortopedia. Me parece que fue el geólogo José Molinelli quien advirtió hace años que, de ocurrir un terremoto fuerte, que provoque un sinnúmero de heridos por huesos rotos, no alcanzarían los ortopedas para atender a las víctimas, operarlos a tiempo y evitar desenlaces terribles, como la gangrena.

Simultáneo a la crisis médica, la semana pasada se daba a conocer la escasez de trabajadores sociales. Comparaban, de paso, los salarios que se pagan en Estados Unidos con los que se pagan aquí, y lo cierto es que al éxodo hay que agregar maestros, ingenieros, licenciados en farmacia, y técnicos de todo tipo, color y especialidad. Una auténtica sangría que perjudica el desarrollo y desestabiliza la sociedad. Hay quienes afirman que antes de la pandemia el éxodo no era tan dramático. La razón puede ser que Estados Unidos, como país receptor, esté necesitando de un mayor número de empleados diestros, y por lo tanto haya más demanda.

En mi opinión, esa monumental fuga de cerebros tendría que ser parte de un diálogo político.

La primera pregunta es la siguiente: ¿por qué se va toda esa gente?

Y para empezar, no hay una respuesta más sencilla que esta: se van porque pueden.

No todo el que desea ganar más, o tener mejor calidad de vida, puede irse de su país a otro que le brinda un porvenir mucho más halagüeño. El actual status de la Isla, la acreditación de la que gozan sus universidades, permite que un puertorriqueño, recién graduado, que se especializa aquí o allá, pueda escoger entre seguir allá, si se acostumbró y tiene ofertas de trabajo, o emigrar si se ha graduado aquí y decide hacer su vida en otro lado.

¿En qué otro país de Latinoamérica o el Caribe, un especialista, un neurocirujano, por más eminente y experimentado que sea, puede hacer las maletas, coger un vuelo a Nueva York y ponerse a trabajar al día siguiente?

El éxodo de los profesionales de la Isla está vinculado, en buena parte, a la peculiaridad del estatus. El gobierno puede apretarles las tuercas a las aseguradoras, en el caso de los médicos, y tarde o temprano tendrá que hacerlo. Pero, a fin de cuentas, va a ser difícil detener la emigración porque se trata además de un fenómeno cíclico, un pariente arrastra al otro, y la facilidad de viajar y establecerse “allá fuera” es un hecho. El libre tránsito del que tanto se habla en las fórmulas soberanas y de libre asociación del propuesto plebiscito, tiene que ver directamente con esto. Saben de sobra los dirigentes de todas las formaciones políticas que no llegarían ni a la esquina si se rompen determinadas “costumbres”, integradas en la psiquis de la población.

Por otro lado, ¿se puede culpar a ningún profesional por emigrar a un lugar donde tiene las puertas abiertas, tan pronto baja de la guagua aérea, sin tener que preocuparse por reválidas?

Escuché al secretario de Salud decir que un neurocirujano, en un hospital americano, gana más de un millón de dólares al año. Respondan los economistas cómo se podrían igualar esos salarios para que la Isla sea más competitiva. A los trabajadores sociales tampoco se les puede pagar lo que se paga en Houston o en Chicago. Y los ingenieros informáticos supongo que no reciben ni remotamente lo que les darían en San Francisco.

En España suelen emigrar los médicos a Francia y Alemania, y eso crea problemas. Ahora bien, necesitan tramitar documentos para hacerlo, tanto en España como en el país de destino. De Venezuela han salido miles de médicos, algunos serán buenos y otros regulares, pero antes de poder ejercer su profesión, y mientras se queman las pestañas para revalidar sus títulos, deben emplearse en cualquier trabajo que aparezca.

Los partidos de oposición denuncian, pero tendrían que hablar de soluciones, más allá de pagar sueldos más altos. Los bomberos ganan más en Estados Unidos. Los optómetras. Los electricistas. Los veterinarios. ¿Qué se puede hacer aquí, una fiesta de millones (que no existen) para retenerlos a todos? No sé si sería factible preparar a los médicos, a los neurocirujanos, ya que hablamos de ellos, en escuelas de medicina que no necesariamente cuenten con la acreditación de instituciones estadounidenses, pero que, bien formados, ayuden a resolver esta emergencia. Una persona a la que le comenté esta idea me dijo que nadie iba a querer estudiar para eso. O sea, nadie va a querer recibir un título si no le vale en Estados Unidos.

Pues si es así, buena la hemos armado. ¿Cómo se subsana esa actitud?

Se necesita un diálogo realista, sin consignas patrioteras ni promesas vanas. A ver qué sale.

Esta pieza fue publicada originalmente en El Nuevo Dia.


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